Suele decirse que una imagen expresa más que mil palabras, sin embargo en este caso, esa seis palabras que dan título a este post dicen sobre la historia reciente de Nicaragua muchas cosas más que aquellas que podrían decirle mil imágenes. Sobre esa frase, tan simple como un anillo, y el contexto en que ella surgiera, bien podría dictarse un curso de un semestre de historia o, sin exagerar le aseguro, bien podría escribirse un libro de mil páginas y el tema aún no estaría agotado. Déjeme contarle un poco más.
La frase “el que no brinque es contra” fue una consigna utilizada con muchísima frecuencia en las manifestaciones populares que se producían en Nicaragua en la década de los años ochenta del siglo pasado. No tengo la menor idea de cuándo habrá empezado a usarse, pero sí se que fue en una manifestación en Managua en 1986, cuando yo le preste atención por primera vez. Lo recuerdo bien porque esa tarde estaba en compañía de la bella e impenetrable Cecilia -quien nunca me paró bola y de quien más adelante en este blog les contaré- y hablamos del efecto que la consigna producía en la gente, haciendo a cada uno saltar hasta el cansancio cada vez que su grupito la coreaba. La frase no es nada original -en realidad fueron pocas las frases originales en la revolución sandinista- y yo sabía que era utilizada en Suramérica por los partidarios de los equipos de futbol en los estadios, sólo que en vez de utilizar la palabra “contra” usaban el nombre -o el apodo o la palabra denigrante- de los partidarios del equipo contrario. Yo lo sabía porque una vez en un programa del gordo Porcel, el cómico argentino, había escuchado la frasecita.
La consigna -todas en general y esta en particular- era un instrumento que servía para darle cohesión al grupo, su repetición creaba un lazo entre sus miembros y reforzaba el sentimiento de pertenencia a un grupo. Era esta una consigna divertida, alegre, jodedora como el pueblo nica y cada vez que el grupo saltaba los unos se reían de los otros viendo el esfuerzo de cada cual al saltar, pero sobre todo, los unos se reía con los otros y el sentimiento de camaradería se veía de este modo fortalecido.
A las manifestaciones masivas que entonces se realizaban, la gente no iba únicamente porque simpatizara con los sandinistas y quisiera oir los largos, monótonos y aburridos discursos de los comandantes, se iba también porque no había muchas más cosas que hacer, porque era divertido, porque salías de la rutina, porque podías ver muchachas o muchachos y podías por un momento olvidarte de la dura vida que estabas viviendo. La manifestación era una fiesta, era el circo que completaba el poco pan que el pueblo tenía.
Uno usualmente no iba solo a las manifestaciones, íbas casi siempre con alguien, que podía ser tu vecina o tu grupo de clases de la universidad o tus colegas del trabajo o la gente combativa de tu barrio. La gran concentración no era pues una suma de individualidades sino la suma de una gran cantidad de grupos y grupitos con su propia “grupalidad”, que sería algo así como la personalidad del grupo. Si habías acudido a la manifestación por tu cuenta, solito, te sentías un animal raro y rápidamente te buscabas un grupo “abierto” -pues también los había “cerrados”- que te acogía en su seno y en el que la pasabas pijudo. Al final de la manifestación seguramente habrías hecho nuevas amistades y con suerte tenías una invitación a alguna fiesta. La consigna se lucraba de la necesidad que se tiene de pertenecer a un grupo y el pánico que la gente tiene a la soledad.
Tenía pues la consigna un efecto cohesionante, saltando la gente se pegaba la una con la otra, Este era un lado de la moneda, el lado amable, el lado bueno, pero había un otro lado, el lado tétrico, negativo, feo: la consigna tenía también un efecto de exclusión, divisorio, atrayendo a tu círculo a los tuyos y alienando a los otros, dejándolos fuera. Afuera quedaba el que no brincaba y el que no brincaba, como hemos visto, era un “contra”, la peor clase de gente según los estándares revolucionarios, que había que aplastar como se aplasta una alimaña. Si la consigna se hubiese quedado en las plazas en las que las manifestaciones se producían no habría habido problemas, pero la consigna trascendió y se convirtió en un lema omnipresente y ocupó todos los espacios de la sociedad y allá vos tenías que brincar o eras un “contra”.
Brincar, más allá de los espacios de las manifestaciones, en la vida diaria, no era el acto físico de impulsarte hacia arriba y dejar el suelo por un momento, significaba que seguías los lineamientos que llegaban “de arriba” y cumplías con las tareas revolucionarias que de vos se esperaban. Era someterse, despersonalizarse, subordinarse, plegarse, ser de los míos, “estar conmigo”. El que está conmigo goza de mi protección de mi favor, el otro, el de afuera, el que no está conmigo, el que no brinca pues, el contra, ese que Dios lo guarde porque habrá de saber cuán larga es la hoja de mi bayoneta.
Esa manera de ver el mundo en blanco y negro, de percibir a unos -los que te siguen- como buenos y a otros -los que te adversan- como malos, no fue una invención del sandinismo. Ese modo de excluir al otro, al que no está de acuerdo con vos, al que tiene una opinión diferente y mira las cosas de otro modo, de no dejar espacios de actuación a aquel que no te obedece servilmente, se utilizaba ya desde tiempos inmemoriales en Nicaragua. Somoza perfeccionó la exclusión, la polarización, porque fue el primer gobernante en contar con un ejército nacional, único y tenía entonces la fuerza para hacerlo. Los sandinistas llevaron ese malvado “arte” de la exclusión a su máxima expresión y para ellos “el que no está conmigo contra mí está” adquirió un carácter axiomático y la sociedad se polarizó como nunca antes. Que así haya sido y no de otro modo fue una lástima para un país que ansiaba cambiar para mejorar y dejar de ser la primitiva agrupación humana en que se había convertido bajo la dictadura de Somoza. Pero los comandantes eran el producto nada más de la sociedad en que nacieron y se criaron y no eran ni fueron capaces de trascender. La tarea de dirigir la construcción de una nueva sociedad les quedó demasiado grande. En su caso, el dicho de mi amigo Pablo Salazar “el chancho es como lo crían” nunca fue más cierto. Las perlas no son para los cerdos, dice la biblia y ya ves, otra vez la vida le da la razón.